La crianza es un baile al compás

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Criar a un hijo podría ser equiparable a una danza: intervienen el ritmo, la intensidad y la armonía. Como también el contacto, el aroma y el calor los cuerpos. Hay momentos más acelerados, en los que debemos seguir a nuestros niños moviéndonos ágilmente como si regresáramos a nuestra propia infancia. Períodos arremolinados, intensos, en los que decimos “no dar más” y aún así seguimos dando. Como también existen tiempos más calmos, que deslizan como una brisa agradable, en los que ellos acompañan nuestra celeridad adulta acoplándose a nuestro andar.

Según la ocasión podemos danzar de a dos, de a tres y otras veces nos acompañan más bailarines. En algunas oportunidades somos nosotros quienes marcamos el paso; en otras son los niños los que proponen su propio ritmo y nosotros aceptamos complacientes jugar a ser sus compañeros de baile. Lo esencial como en toda danza, es la armonía. Que el baile fluya sin mayores complicaciones, solo algunos sutiles desencuentros o tropezones, propios del transitar con otro. Es el mismo deslizar del compás el que nos permite reanudar el ritmo cuando lo hemos perdido y continuar. Lo que sí resulta clave, es comprender que no podemos pretender que un niño siga siempre el tiempo de los adultos, como tampoco podríamos los grandes vivir en una infancia permanente. Es un ir y venir constante, un adaptarse mutuamente en esa situación de encuentro que constituye el vínculo entre un niño y sus padres.

Los hijos nos piden a veces que juguemos a un juego que no eligiríamos si pudiéramos, pero aceptamos complacientes porque en ese momento, priorizamos el placer de verlos disfrutar jugar a lo que ellos desean. Es un regalo que hacemos en el sentido de un don, de renunciar momentáneamente a nuestro propio narcisismo por amor. Nos conectamos con su deseo, le demostramos que nos interesa lo que a ellos les importa. Como también existen ocasiones en que ellos se adaptan a nuestras actividades, a nuestros horarios, a nuestra prisa, a nuestros deseos y renuncian por un rato a lo que quisieran hacer. Otras veces, cada vez más si la danza fluye, encontramos soluciones intermedias como compartir una actividad que entusiasme a ambos.

Si ese danzar resulta armónico, la crianza se vuelve placentera y disfrutable. Cuando esto no resulta así, es posible que estemos bailando a destiempo y habrá que volver a pescar el ritmo. Es cuestión de regresar a donde perdimos el paso y de ahí conectarnos nuevamente. Los niños son muy sensibles a nuestro andar y nos avisan casi inmediatamente cuando detectan que nos estamos saliendo del ritmo. Sólo debemos estar atentos a sus mensajes, a sus estados anímicos y a sus expresiones. De la misma manera que son perceptivos a la hora de detectar si nos estamos desviando del camino, suelen ser también comprensivos y nos ayudan a reencontrarlo mostrándonos el sendero. Sólo es cuestión de dejarnos guiar, ser humildes y permitirnos aprender de ellos.


Tags: Crianza

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